Me abrazo al hielo.
No sé si me derrite
o lo derrito.
Miro el rastro
del agua luminosa
abriendo riachuelos,
vientre arriba,
y alimentando charcos.
Me abrazo al fuego.
No sé si me consume
o lo consumo.
Mira cómo las ascuas
parpadean
luciérnagas y chispas,
tatuando en la ceniza
la eternidad de un beso.
Me abrazo al aire.
No sé si me respira
o lo respiro.
Mira la piel
deshilacharse en hebras
y almidonar
las horas de la tarde,
como si fueran plumas.
Me abrazo al al tigre.
No sé si me devora
o lo devoro.
Mira la sangre
erosionando huesos
y abonando
la fértil esperanza
de una semilla nueva.
Me abrazo a la palabra.
No sé si me descifra
o la descifro.
Mira cómo
las letras revoltosas
buscan su espacio,
ajenas a nosotros,
hasta encontrar la voz
que, con el tiempo,
ha perdido la magia
de su origen.
El mundo se hace añicos
y el corazón
palpita silencioso
un segundo
de vida interminable:
Nos salvan los abrazos.

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