Veo en la pantalla
esas serias caras de fariseos
y siento ganas de vomitar
cuando guardan silencio
por sus muertos
mientras dejan
que los cuerpos de los niños
(que no son suyos,
que no merecen su palabra
ni su silencio)
sean desgarrados
por las bombas cada día,
allá lejos,
donde enviaron
barcos, aviones y tanques
a plantar semilllas de libertad.
Eso decían,
eso siguen diciendo.
Y no se les cae la pétrea
cara de vergüenza
porque la tienen cosida
con las venas
de los que han asesinado.
Y la sangre ya no se les va
de las manos
por mucho que las laven:
puedo verla
manchando los impolutos
trajes de demócratas.
Muchos sabemos ya
que están desnudos.
Pero siguen tapando
con pueriles mentiras
la evidencia que los condena,
mientras consuelan
a los que pierden
a sus hermanos, hijos y amados
en la pira que sólo
ellos encendieron.
Aún veo la ceniza
cubriendo sus caras,
manchando la pantalla,
rebosando como pus,
extendiéndose
por el suelo de la sala,
llenando mi nariz
con el insoportable olor
de aquellos que murieron
por sus acciones criminales.
Por eso este 1 de Mayo,
como todos y cada uno
de los días
que me queden por vivir,
seguiré elevando la voz
para gritar ¡No a la Guerra!


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