miércoles, 8 de abril de 2026

REFLEXIÓN: A POR LA LUNA


La llamada carrera espacial siempre ha ido basculando sobre dos bases fundamentales: la sentimental, que se alimenta de esa necesidad humana de  soñar con superar lo imposible, y la práctica, que es la rentabilización material por unos pocos de los grandes sueños colectivos de la humanidad. 

Lo mismo ocurre ahora que hemos vuelto a mirar a la luna para acercarnos a ella de nuevo, esta vez con la intención de asentarnos en ella definitivamente. Esta vez el rival, o enemigo, según la mirada de cada cual, a batir por la NASA no es Rusia, sino China, que tiene un programa propio para establecerse en nuestro satélite en 2030. Y cuenta con una importante intervención de la tecnología europea, que ha sido decisiva en el diseño y construcción de de la nave para este primer viaje del nuevo programa. 

El lastre, lo que puede echar por tierra cualquier visión positivista de estos nuevos tiempos, es la intervención de los magnates de Silicon Valley, entregados a la conquista del espacio en competencia con las tradicionales empresas del sector y cuya relevancia para el actual Gobierno de EE UU eclipsa a la de la NASA, que estuvo sin director durante un año. Blue Origin (del fundador de Amazon, Jeff Bezos), y SpaceX, del dueño de X y Tesla, Elon Musk —que, horas antes del despegue, dio los primeros pasos para sacar la compañía a Bolsa— están compitiendo por desarrollar un sistema que permita la siguiente fase del programa: el alunizaje en el polo sur de la Luna en 2028. Un negocio de cientos de miles de millones de dólares que, como todos los grandes negocios dependientes del Gobierno de Trump, es tan oscuro como el universo profundo. En una administración donde hasta se promueve la guerra como una oportunidad para hacer negocios, no es para nada descabellado que lo sea también la luna. Los favores electorales se pagan con favores, la ecuación es muy sencilla de entender hasta para los que somos negados para las matemáticas. 

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