Vivir en los espejos
no es el mejor remedio
contra los estropicios
de la melancolía.
Sal fuera, compra vino,
mira el sol cómo dora
los hombros de los jóvenes,
no pienses nunca más
en ese pasado
que es mejor olvidar,
pasea entre las flores,
besa, olvida
la rabia que te asalta
cuando cierras los ojos,
la incertidumbre atroz
cuando los abres.
La luz de la memoria
es un relámpago
que nos ciega el cristal
del desamparo,
enciende las murallas
sitiadas de unos años
de circunstancias estériles,
los mares de los atlas
que congregan los ecos
silbantes en las grutas
de los días cumplidos.
En la distancia,
el vértigo y los nombres
que ya desaprendimos
con la edad,
la noche contagiosa
de los ciegos,
la momia de este pájaro
que entona el canto sordo
de los temores
a lo que queda por llegar.
Renueva la esperanza
y acaba tus días
en la placida lucidez
del que asume
que es imposible
disfrutar de todo
lo importante,
pero tiene la paz que necesita
para sentirse
moderadamente bien.

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