Me encanta el cine, pero salvo con honrosas excepciones, cuanto más películas veo, más tentación tengo de refugiarme definitivamente en el cine clásico. Desde luego, lo que ya no soporto son las galas donde los miembros de ese mundo se reúnen para entregarse premios. Se me han vuelto insoportables. Me atreví a ver algo de los Oscar de este año y ha sido asombroso comprobar cómo Hollywood ha decidido vivir al margen de la realidad. El mundo en llamas por capricho de su presidente y ellos haciendo bromas sobre la que había liado Timotheé Chalamet con el ballet. No se trataba de montar una asamblea política, pero la ignorancia deliberada de Hollywood a las consecuencias de las acciones de su país ha llegado a niveles tan escandalosos como para que tuvieran que ser los extranjeros de la fiesta los que señalaran, tímidamente, el elefante en la habitación. Fueron los aliens, por adoptar la jerga legal y deshumanizadora que ha popularizado Donald Trump sobre los migrantes, los que evidenciaron la marcianada de ignorar el dolor de los demás. “No a la guerra y Palestina Libre”, verbalizó escuetamente Javier Bardem al entregar el Oscar a Valor sentimental como mejor película internacional. “Todos los adultos son responsables de todos los niños. No votemos a políticos que no se lo tomen muy en serio”, dijo el director noruego de la película premiada, Joachim Trier, que ha explorado la estrecha relación entre el racismo y la homofobia de su país. Se podría decir que esos fueron los dos ¿grandes? alegatos políticos de una fiesta empeñada en rascarse la espalda, ajena a lo que estaba sucediendo fuera.
“Vivimos tiempos muy caóticos y aterradores. Es precisamente en momentos como estos cuando los Óscar cobran mayor relevancia”, aventuró Conan O’Brien, el presentador de la ceremonia, al inicio de la gala, advirtiendo de que en la noche podría “hablarse de política”. Se equivocaba. Ni Trump ni Netanyahu fueron citados. Nadie recordó a las niñas que murieron en el bombardeo de escuela de primaria Shajarah Tayyebeh de Irán. “No sé si va a ser una gala reivindicativa”, pronosticó acertadamente Javier Bardem al micrófono de Cristina Teva, reportera que lleva dos décadas informando desde la alfombra roja. “De lo que sí tengo muchas ganas es de que la gente no tenga miedo y hable y diga lo que tenga que decir. Se puede pertenecer a este circo y al mismo tiempo ser ciudadano. Se puede o se debería poder hacer las dos cosas”, añadió. Ganó el circo. Y si algo quedó claro es que ya no se pueden hacer esas dos cosas a la vez. También el mundo ha cambiado en esa cuestión y, como no podía ser de otra manera, para peor.

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