En aquella pantalla
desahuciada del viejo cine
con los asientos de madera
nos enrolábamos en las legiones
de la Roma invicta
o en batallones perdidos
en las costas del Pacífico,
y confortados por la promesa
de una corneta lejana,
éramos húsares,
dragones o jinetes
del séptimo de caballería
(por supuesto),
y emergíamos, victoriosos,
confundidos con el polvo
de la batalla
o gloriosamente heridos
y moríamos la muerte de los otros
como solo saben morir los héroes:
serenos, la mirada al infinito,
la voz templada,
sin un aspaviento,
despidiéndonos,
enamorados hasta
el aliento último
de algún amor lejano
a cuyos brazos
nunca volveríamos.
Y cuando la pantalla
se apagaba
y nos marchábamos
y todo era un silencio
de penumbra y sueños,
los fantasmas de los caídos
(leales camaradas
o enemigos atroces)
salían a buscarnos,
perdidos y confusos,
con aquella soledad
que rompe el alma
a quien no entiende
en qué batalla cayó,
por qué cayó en la batalla.

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