jueves, 5 de febrero de 2026

POESÍA: EL VIEJO CINE


En aquella pantalla 

desahuciada del viejo cine

con los asientos de madera

nos enrolábamos en las legiones 

de la Roma invicta

o en batallones perdidos 

en las costas del Pacífico,

y confortados por la promesa

de una corneta lejana, 

éramos húsares, 

dragones o jinetes

del séptimo de caballería 

(por supuesto),

y emergíamos, victoriosos,

confundidos con el polvo 

de la batalla

o gloriosamente heridos

y moríamos la muerte de los otros

como solo saben morir los héroes:

serenos, la mirada al infinito, 

la voz templada,

sin un aspaviento, 

despidiéndonos,

enamorados hasta 

el aliento último

de algún amor lejano

a cuyos brazos 

nunca volveríamos.


Y cuando la pantalla 

se apagaba

y nos marchábamos

y todo era un silencio 

de penumbra y sueños,

los fantasmas de los caídos

(leales camaradas 

o enemigos atroces)

salían a buscarnos, 

perdidos y confusos,

con aquella soledad 

que rompe el alma

a quien no entiende

en qué batalla cayó, 

por qué cayó en la batalla. 

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