Tiene desplegadas
sus cosas
por toda la casa:
unas pocas joyas
en una caja de madera,
el collar que le regalaron
sus colegas en la jubilación,
unos pendientes buenos,
el anillo con la esmeralda
que heredó de la abuela,
la mantilla que había
llevado a misa
y los pañuelos
con sus iniciales bordadas
encima de los camisones
de encaje.
Todos sus muertos
descansan en paz
rodeados
de parientes y amigos,
en la caja de colacao
gris metálica
donde guarda recordatorios
y fotografías
en blanco y negro.
Los manuales
de los electrodomésticos
y las facturas
se van acumulando
en un cajón de la cocina,
las recetas y notas pequeñas
escritas con letra de maestra
esparcidos por aquí y por allá,
y están también
la cafetera italiana
el jarrón de cristal
y la planta gigante
de hojas verdes
que dura todavía,
las novelas de Ana María Matute,
Carmen Martín Gaite
y Agatha Christie,
la vajilla que compraron
al casarse,
las agujas de punto de hierro,
ovillos viejos de lana,
manteles y servilletas
de punto de cruz...
No se desprende de nada
porque ahí sigue viviendo él,
en el regazo de todos
esos objetos que la acompañan.

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