Nuestras hijas también
deben fugarse de la pecera
y sumergirse en el océano
oscuro de la noche.
Y fabricar malabares
con la mágica ternura del sexo,
bailar las horas
que su cortejo precise.
Mentir felicidades
y fingir decepciones,
mientras agonizan de amor
muriendo de silencio.
Deben conocer
ángeles de fuego
con zarpas diabólicas.
Quemarse entre las olas
de caricias impertinentes.
Rendirse ante las fuerzas
que nos multiplican.
¿Cuánta tortura
genera su libertad?
Dejar de protegerlas
es el paso imprescindible
para que sepan
ya de mayores
que las seguimos
queriendo.
Solo podemos ser
espectadores de sus días,
las muñecas morirán
de orfandad
en su habitación caduca.
Por mi parte restaré
orgullosamente olvidado,
entre la locura de su ausencia
y los cimientos de su recuerdo.
Ellas se desvanecerán
entre los dedos.
Sonreiré o lloraré
como la Gioconda,
extraviado entre el placer
de haber consumado
una obra maestra
y el dolor de perderla.

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