Si escuchara siempre
a mis razonamientos
más primarios.
Si dijera siempre
lo que pienso
y hablara exclusivamente
por cuenta propia
y para satisfacer mi ego,
¿A quién permitiría
osar contrariarme,
levantarme la voz,
decirme que no he sido
exacto o justo en alguno
de mis argumentos?
No lo haría con nadie.
Pero, en mi boca,
ya no quiero
que hable la rabia.
Ni el rencor.
Ni el compensar las veces
que estuve callado,
que no opté sino
por el silencio.
Pero tampoco las veces
que me volví ruido.
No permito que hablen
las palabras
que he querido decir.
A veces es mejor callar
aunque el dolor
y la rabia te traspasen.
Prefiero que el remedio
para esos males no sea
peor que la enfermedad
y lo escribo aquí y ahora
porque de vez en cuando
la tentación de abrir
la Caja de Pandora es grande
y he de recordarme
que no vale la pena.

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