Miro al mundo,
repleto de cadáveres,
y el mundo me devuelve
su mirada,
una mirada insomne,
abochornada,
anegada en dolor,
aullando al horizonte.
No hay corazón
que aguante
en sus latidos
tanto dolor,
absurda letanía
que repiten
las piedras milenarias.
No hay entereza
que resista el grito,
ni muro que sostenga
la mentira,
la vergüenza de ver,
y no hacer nada.

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