Uno suele verse obligado
a realizar un esfuerzo
por mantener una imagen
y resultar comprensible,
de tal modo que se entienda
el mensaje que pretende
transmitirse, de tal manera
que aquello que uno dice
y por qué razones
y con qué fin lo dice
sea claramente inteligible
para aquellos a quien habla.
Pero aún así, la gente suele
entender lo que le da la gana.
Recuerdo una anécdota
en el que un niño
que llegó tarde a la escuela
le echaba la culpa al hielo
afirmando que por cada paso
que daba había resbalado
dos pasos hacia atrás,
lo que le había impedido
avanzar en la dirección correcta.
Algo parecido me sucedía
también a mí en la vida
«Pero entonces,
¿cómo lograste venir?»
preguntó el maestro.
«Muy sencillo:
abandoné la tentativa
y únicamente procuré
regresar a casa»
Algo parecido me sucedia a mi,
hasta que decidí no esforzarme
ya más en ser comprensible
y concentrarme en regresar
a mi casa, al hogar
donde de forma natural
puedo ser yo mismo.
En mis tiempos de colegial
me reí mucho
de la anécdota del hielo.
Aún lo recuerdo muy bien
porque, además,
me sirvió para tomar
importantes decisiones
que me afectarían positivamente
el resto de mis días.

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