En ocasiones menos es más.
Tomo esta frase
como filosofía de vida,
la tiendo junto al cuadro
que es el día cuando amanece
para no olvidar
andar sin su cadencia.
Claro que es endeble
y para nada absoluta,
como cada argumento
sobre cualquier cosa.
Cuanto más
se enarbola una idea
más flaquea, más miente.
Pero en fin, ese no es
el tema a contar
sino la precisión,
el detalle de un esbozo,
la belleza de algo minúsculo,
en la simpleza
está la elegancia,
lo sutil desbanca
a lo desmesurado.
Un verso
elocuente en una línea,
una finta en una baldosa,
una palmada, un guiño,
una sonrisa en el instante
preciso donde mil palabras
hubiesen sido redundantes.
Los que ordenan
la historia del mundo
usan palabras como plazos,
estructura, flexibilidad,
avenencia, mortandad.
Son prolijos y convenientes,
saben digitar y prestidigitar.
La competitividad manda
querer siempre
aspirar a más,
nunca se tiene suficiente,
nunca hay que detenerse,
actuar rápido vale más
que tener un pensamiento nítido,
lo fugaz no sirve porque
no es inversión para el futuro,
Quedarse quieto
es perder tiempo y dinero.
Y lo peor, la tragedia irrevocable,
es que día a día validamos
estas máximas como
si fueran imperativas
y no sabemos distinguir
que nosotros les damos
vida a ellas, pero ellas
nos la quitan a nosotros.

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