Nada es como debería
haber sido,
es el signo de los tiempos.
Estamos acostumbrados
a condenar al colectivo,
pero nunca nos molestamos
a bajar al terreno individual,
ese que nos condenaría
al destierro
a cada cual con su carga
de desprestigio al hombro.
Si hubiera encontrado
la parte de verdad
que corresponde al entusiasmo,
el que subyace en la queja
como espada
colmada de herrumbre
y con niños
abrazados a su furia.
Si cuando menos tuviera
para ti un momento de virtud,
eclipsada por la abulia tal vez,
y cuerpos premiosos
que ofrecen su esperanza
para hacer algo bueno con ella.
Presumiblemente el tiempo
nos remitiría papeles
donde desprestigiar el embuste,
es decir, este abandonado
ámbito en que yacemos
desde la renuncia
o los árboles secos,
esta melodía del adiós
que arranca y termina
de una sola dentellada
del tigre que más amamos.
Casi todo ha sido profanado
en nuestro descrédito.
Y a los rostros les abandonan
las sendas del otoño
y los lugares saturados
de espíritus, tan magníficos
en su connivencia para recordar
tiempos mejores,
tan dados a retrasar el porvenir,
o de nada se ha enterado
el ser humano
al que no hace falta
expulsar del paraíso
porque él mismo por su cuenta
ya se ha encargado
de destruirlo .
No comprendemos que el final,
el verdadero final,
es un paisaje arrancado
de nuestros ojos,
un niño que nos mira
sin entender
nuestra perseverancia
en cumplir con el oficio
de perseverar
en lo grotesco de la noche.
La culpa la tuvo el chachachá,
sin duda alguna.
O algún otro, que siempre
encontraremos un determinado
colectivo a quien señalar.
Nuestra capacidad
para la autocrítica
nunca nos ha llegado
ni a la zuela de los zapatos.

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