Hay una tierra desnuda
sembrada de heridas.
Surcos violentos
en los que se cosecha
injusticia y hambre.
Hay un hombre clavado
en la tierra
en un Ángelus milenario
junto a otros hombres
y otras bestias.
Hay un estruendo de metal,
hélices y motores.
Mil trompetas de Jericó
que disfrazan
el aire de infierno.
Hay unos ojos
que miran al cielo
adivinando
el instante siguiente
y otros ojos
tras el punto de mira
que apenas se desconciertan
al ver el miedo,
allá abajo, en rostros
de todas las edades.
Hay después
un río de muertos
cada cual con su nombre
y una historia
violentamente interrumpida.
Hay también un tipo
que no tiene nombre,
aunque todos le conocemos,
que regresa a su casa,
a la familia, a los besos,
en su avión de combate
con la satisfacción
del trabajo bien hecho.
¡Que el viento le confunda
y no tenga tregua!
Hay por fin, otros seres,
pequeños, de humo, de tierra,
que lloran lágrimas
de lluvia y cieno
mientras se acuerdan
de sus muertos.

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