jueves, 30 de junio de 2022

HISTORIAS MÍNIMAS: HETERÓNIMOS


Dentro de mí conviven, abocados a una inmensa rutina sedentaria, el yo que pienso y otro, el que parezco. Un pacto, que firmaran con los ojos, les conmina a respirarse en cierta tolerancia, y ambos han sido absueltos de mencionar, siquiera, cuál fue la última causa que les diera la vida.

 Cada uno tiene ya su enclave exacto: el yo que pienso habita, día y noche, la intimidad de las cuatro paredes de mi alma. Es semejante a un niño que olvidara crecer, y por lo mismo nada en el mar de una sabia ignorancia. Y balbucea. Ríe. Se pierde en los espejos. Gesticula. Colecciona recuerdos como si fueran conchas que ha enterrado el olvido. A veces llora y viste el jersey gris de la melancolía; entonces toma un folio, donde  inicia el galope un sentimiento y se hace reo de pertinaz tristeza, hasta que traspapela la mirada y descubre, cansado, que afuera cae la lluvia y mojan su perfil unas livianas gotas de mi nube.

 El que parezco está en la calle de continuo. Todos le conocen, pues con todos comparte ese pan y esta sal que, bajo el brazo, trae la vida; las cotidianas dosis de angustia existencial, trabajo y ruido. Con él tropiezo, una tarde cualquiera, al doblar una esquina, y tras justificarme torpemente (“hallé la puerta abierta y me aburría…”) me despido gozoso y luego marcho -el paso lento, sepultadas las manos en los amplios bolsillos del vaquero- a ver, sin más, el mundo por mis ojos.

NOTA: Recuperando de los recuerdos un viejo escrito de los años 90, al menos su espíritu original. 

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