Qué plano soberbio. Actuar es dejar de hacerlo. Lo que consigue De Niro en esos segundos es milagroso: muestra el proceso de un hombre siendo devorado poco a poco por su pasión sin remedio. Sin monólogo, sin voz en off, sin recursos. Se ha llevado al espectador con él. Cada gesto, cada parpadeo, cada respiración; el proceso es imparable: lo va a hacer. Lo vamos a hacer nosotros, lo hacemos cada día con cada mala decisión que tomamos conscientes de que lo es. De Niro, de repente, da un trompo y devuelve el coche a la ciudad para matar a la rata; se hace creer a sí mismo, como nos hacemos creer nosotros cuando damos nuestros trompos, que le dará tiempo a volver y coger el avión. Se queda a centímetros de salvarse y nos quedamos nosotros a centímetros de saber si, de haberse subido al avión, no habría buscado otro motivo para evitar una vida sin sobresaltos.
He pensado recordando ese final el del escorpión cruzando el río, cuántas veces decimos que no (a conocer a quienes no te convienen, a enamorarte de quien no te conviene, a hacer aquello de lo que te estás arrepintiendo antes de hacerlo, y, aun así, te diriges a tu destino como un carnero al matadero creyendo que puedes salir con vida), y muchas veces, además el inconveniente solemos ser nosotros mismos, que a veces no hay nada que hacer y mejor así: uno puede encontrar felicidad en el arrepentimiento.
Muchos somos De Niro conduciendo tranquilos a una vida de paz mientras la cabeza empieza a girarse, seguramente en medio de alguna recta aburrida, y en el momento en que el teléfono suena y sabemos que no lo debemos coger, y lo cogemos, y no debemos escuchar a quien nos habla, y lo escuchamos, ya estamos haciendo exactamente lo que queremos. Es la naturaleza irrenunciable abriéndose paso, cambiando un bien mayor por uno más pequeño y volcánico que nos hace ser más nosotros mismos, carcomiendo lo que debemos hacer para sustituirlo por lo único que podemos hacer.

No hay comentarios:
Publicar un comentario