No me preguntes por qué
no tengo hambre.
Pregúntale al cerezo,
al granjero
que cuida las gallinas,
a las migas que caen
desde el mantel al suelo
y se arrepienten
en el último segundo.
Pregúntales a las cajeras
del supermercado,
al repartidor de pizzas,
al temporero que viaja
cada año a recoger
tomates a Almería.
A mi no me preguntes.
Si el hambre se me escurre
entre las comisuras
de los labios,
no es por falta de ganas
de comerme tres veces
el centro de la tierra.
Es que desde hace tiempo,
todo me sabe
a miel de alcantarilla
y al agua que remueven
en los charcos
las ruedas de los coches.
A mi no me preguntes.
Mi lengua sigue viva.

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