No pretendo ser presuntuoso
ni peregrinar por el ocaso
de la fe y la paz,
la concordia y la buenaventura;
es otro planteamiento
el que inscribo
en la turbiedad de los decires
y las palabras, es una escisión
en el pensamiento que quizás
sea mayoritario e imperecedero.
Puede que mi consideración
se configure desde el odio,
la rabia y la irreverencia,
poco me importa el orígen,
me ocupo más bien del fin.
Me refiero a los sembradores
de optimismo,
a los que predican el amor puro,
a los que insisten
en que avanzar por el camino
siempre es la opción más sabia,
la que te deja mejor parado
frente a la vida
y con más chances de progreso.
Esculpen bendiciones esbeltas,
escriben odas a la luz,
al sol, al prójimo y a su espíritu,
al perro fiel y al ave
que reluce en los cielos,
a cada flor y a cada alegría.
No dicen nada más,
no tienen otra fórmula
y creo que se engañan
tanto como quieren engañarme,
de todas formas
es bien sabido que el problema
no es del optimismo
sino del mensaje
vacío con que lo pregonan.

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