Ya no sé por qué
sigue nuestra sed escayolada.
Por qué nos sigue
hibernando la conciencia
en este estercolero de palabras
en el que nos revolcamos.
Hay otras soledades
que abrevan en la nuestra.
Manos que se sostienen
con un dolor más largo
que una ausencia.
Hay servidumbres
aplastando otras almas
con una virulencia
semejante al granizo
cuando revienta
cosechas de amapolas.
Hay alfileres clavados
en pupilas que nos miran.
Y yo mido el desconsuelo
por pulgadas.
Y sé que más allá
de nuestras cadenas
están los que no miden
porque ya han aceptado
que la línea enredada
de sus penas tiende
hacia más allá del infinito.

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