sábado, 26 de junio de 2021

OPINIÓN: UN SOLO PREMIO DE INTERPRETACIÓN?


El Festival de San Sebastián ha decidido fusionar sus premios al mejor actor y a la mejor actriz. A partir de ahora se premiará “la mejor interpretación” al margen del sexo o del género al que se adscriban sus protagonistas. La medida, insisten desde la organización, persigue la igualdad. Desde algunos medios se ha aplaudido una decisión que consideran un ejemplo de “diversidad”. El camino elegido para esa igualdad y esa diversidad no es premiar a un hombre y a una mujer sino dejar a uno de ellos sin premio. A menudo se nos presenta la opción de elegir como un ejemplo de libertad. La verdad es que casi nunca es así. Por desgracia, lo normal es elegir la menos mala de dos posibilidades perjudiciales. Así funciona el clásico “lo tomas o lo dejas” de las entrevistas de trabajo. Nos obligan a elegir entre la explotación y la inanición. Y no faltan quienes, por interés, disfrazan de libertad lo que en realidad es una extorsión.

Adaptemos las nuevas normas del Festival de San Sebastián a los Oscar de Hollywood. Tendríamos que decidir quién se lleva el premio, el hombre o la mujer, porque los dos no pueden ser. Elijamos, por ejemplo, el año 1972. Hay que optar entre darle el premio a Marlon Brando por El padrino o a Liza Minnelli por Cabaret, los galardonados de ese año. Sólo puede quedar uno. Es una elección en la que está en juego nada menos que la igualdad. Se premia la mejor interpretación, al margen del sexo del o de la comediante. Uno (o una) se lleva a casa la estatuilla como reconocimiento a su extraordinario trabajo y el otro (o la otra) nada. No merece nada. Se podrá argumentar que 1972 es un año singular y que la elección, en este caso, es especialmente difícil. Pero no fue el único, ni mucho menos. Si nos fuéramos, por ejemplo, a 1952 tendríamos que optar entre el Humphrey Bogart de La reina de África o la Vivien Leigh de Un tranvía llamado deseo. Dos creaciones geniales. Dos películas maravillosas. Dos premios merecidísimos. Pero sólo puede quedar uno.

¿Sólo uno? ¿Y eso por qué? ¿Así es cómo se defiende la igualdad, restando reconocimientos, apartando a quien merece un premio por su trabajo? ¿Qué aporta a la igualdad sexual o de género que Bogart se quede sin premio? Y lo que resulta todavía más perturbador, ¿qué aportaría a las reivindicaciones feministas que la mujer, Vivien Leigh, se quedara sin él? Y seguimos con las preguntas: ¿de verdad hay que elegir? ¿Por qué arreglar lo que funciona bien? Por este camino se podría desvirtuar el premio dejando en segundo plano la calidad de la interpretación para pasar a ser una decisión política: “¿A quién le toca este año? ¿A un hombre o a una mujer?”. Entonces nos preguntaremos con qué objeto se cambiaron las categorías.

Pero vayamos al verdadero centro de este problema, al elefante de esta habitación: el debido respeto y la total consideración que se debe demostrar a los y las intérpretes trans y no binarios que sienten que no encajan en ninguna categoría:

Al igual que las coproducciones aspirantes al Oscar a la mejor película internacional eligen el país por el que quieren competir, los y las intérpretes, quizás, deberían poder hacerlo en razón de su identidad de género. Y algún no-binario, quién sabe, hasta podría ejercer su objeción de conciencia, rechazar esa elección y sentirse igualmente bien representado en cualquiera de las categorías en la que le incluyan, ya que las dos le afectan.

Pero por ir acabando, en resumen: el único premio específico para mujeres que se daba todos los años ya no se dará todos los años. ¿Es esa una medida progresista? ¿Esa eliminación era absolutamente necesaria? ¿Reservar un solo premio para las mujeres constituía una aberración insostenible? ¿Hay que ver esta desaparición (se supone que intermitente) como un avance? Y si los ganadores son hombres, pongamos por caso, durante 10 años consecutivos, ¿eso es positivo, en el fondo, para reivindicar el papel de las mujeres en la sociedad?

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