Dentro de muchos años,
habrá una tarde triste
—no sé por qué se espera
siempre a las tardes tristes
para cuadrar las cuentas—
en que hagan el balance
de una larga existencia.
Las estoy viendo ordenando
cada una a su manera,
y cuando sientan
la necesidad
de hacerlo,
las sucesivas penas
y las satisfacciones
en dos hondas hileras.
¡Y no podré advertirles
(no estaré)
que una pena
no vale
la mitad
de cualquier dicha!
Echen
con cuidado sus números
y, antes de hacer la resta,
no dejen de apuntar
lo que seguro
no recuerdan.
Que me regalaron al nacer
la alegría más perfecta.

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