jueves, 28 de junio de 2007

CINE: EL VIOLÍN


“El violín”, obra del director mexicano Francisco Vargas Quevedo, es una hermosísima y terrible película, que ha impactado por donde ha pasado. Anticipo a los que no la hayan visto que es una dura historia. Su impresionante arranque, prácticamente coincidiendo con los títulos de crédito, anuncia que no van a haber concesiones. No cita a Chiapas, pero en la mente del espectador se graban a fuego las verdades del levantamiento campesino. La película es militante, pero trasciende una profunda humanidad y lo hace sin necesidad de discursos ni arengas, sustentada en unas poderosas imágenes en blanco y negro y un guión portentoso, que cobra todo su sentido con una pléyade de actores absolutamente maravillosa. A destacar la interpretación del anciano D. Ángel Daviria, un no profesional que recibió el galardón de Mejor Actor en la sección “Una cierta Mirada” del Festival de Cannes.
Es una obra perfecta, una película verdaderamente soberbia.

La historia nos muestra a D. Plutarco, un anciano violinista, que se gana la vida tocando, acompañado de su hijo y su nieto, por los pueblos de la zona. Humildes músicos rurales que, por otra parte, apoyan al movimiento guerrillero campesino que se ha levantado contra el gobierno y la salvaje represión del ejército en los poblados campesinos. Cuando el pueblo es atacado, los sobrevivientes deben huir y abandonan las municiones escondidas en los maizales, que la guerrilla necesita para el levantamiento armado. Aprovechando su inofensiva apariencia de violinista, D. Plutarco intenta recuperarlas, a pesar de la presencia de los soldados...

En una de las escenas, acampados de noche en medio del campo después de la huida del poblado, abuelo y nieto conversan al calor de una fogata sobre lo ocurrido. El niño le pide que le explique por qué son así las cosas y el anciano, pacientemente le narra una historia...:

-En el inicio de los tiempos, los dioses hicieron La Tierra, el Cielo, el Fuego, el Viento y los Animales. Luego, también crearon al Hombre y la Mujer. Todos vivieron felices, pero uno de esos dioses, el muy cabrón, impuso entre los hombres la envidia y la ambición. Después los otros dioses se dieron cuenta, castigaron a ese dios juguetón y sacaron de La Tierra a los hombres ambiciosos. Pero se les quedaron unos cuantos. Se hicieron más y más y mas, y se quisieron adueñar de todo. Engañaron a los hombres verdaderos y les fueron quitando de poquito en poquito. Hasta que quisieron quitarles todo y los sacaron de sus bosques. Los hombres verdaderos vieron que eso no era justo y pidieron ayuda a los dioses. Les contestaron que pelearan ellos mismos, que su destino era luchar. Pero los hombres ambiciosos era muy fuertes y los hombres verdaderos decidieron esperar. Su tierra se llenó de oscuridad y de tristeza.
-¿Y luego?- pregunta el niño.
-Y luego, los hombres verdaderos regresaron a luchar por sus tierras y sus bosques porque eran sabios. Porque los dejaron sus abuelos para sus hijos. Y los hijos de sus hijos. Y eso mismo vamos a hacer nosotros: Vamos a regresar.
-¿Y cuando vamos a regresar?- vuelve a preguntar el nieto.
-Cuando vengan tiempos buenos- contesta el anciano.
-¿Y cuando van a venir?
-Pronto, pronto-.
-¿Cuando?
-Algún día lo sabrás.

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