Esa honda soledad con olor a crisantemos lacios, a sueños neonatos, a miradas rocosas en el malecón del tiempo, a agujeros negros sin principios ni finales conocidos.
Esa soledad que profana el sinsentido cotidiano donde habitas, es decir, donde tu yo es más tuyo, más auténtico, más nítido, más íntimo, más sombrío…
Esa soledad donde gritan los violines heridos de ruido y se mueren de silencio las lágrimas azules de los pétalos marchitos.
Esa soledad donde nacen balas con el verbo y te disparan piel adentro entre las venas y te matan y te subyugan y te sublevan y te suicidan y te reaniman y te consuelan y te dejan en pelota picada, sin armaduras, sin conciencia, sin estigmas, sin violencia… Y te muere y te vive y te respira y tú la mueres, la vives y la respiras…
Esa honda soledad es lo que eres. Lo demás, son disfraces pasajeros, trajes de piel, trazos de carne que se visten con tu carne, que gimen con tu sexo, que lloran con tus ojos, hablan con tu voz, andan con tus pies… Un reflejo inexacto de tí, tambaleándose en medio del camino.
Esa honda soledad es lo que eres. No viene si no es para morir de tí, en tí, para morir de soledad contigo. Yo busco la soledad, tú la sufres. Eso es lo que nos diferencia aunque ambos estemos solos y no puedas entender que no me afecte como a ti te afecta. Pero no es lo mismo estar que sentirse solo.

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