Un gato en las afueras de casa
me ve y viene corriendo
en busca de una caricia
porque soy el único ser humano
con el que se relaciona.
Y, mientras lo hago,
resulta imposible
dejar de reflexionar sobre
esta responsabilidad adquirida.
Ser el que le ha puesto un nombre,
el que juega con él,
el único que puede
darle consuelo cuando
está triste, aunque no sepa
la razón que le ha llenado
los ojos de melancolía.
¿Su tristeza la causa
el viento que no se para?
¿Hace el viento fuerte
llorar a los gatos?
¿Los enloquece hasta el llanto?
Nadie habla sobre ese tema,
que a mi no deja de inquietarme.
Mi vida está siendo un viaje
hacia la fascinación humana
por los gatos.
Me hace sentir bien
el saber que podré acariciar
a este animal tan lleno
de vida y que viene
hasta mi puerta cada día.
Todo esto lo pienso
mientras jugamos,
mientras miro cómo
su cuerpo salvaje
se estira y ronronea
bajo la acción de mis manos.
Hay amistades que son
un milagro en si mismas,
Ni este gato ni yo
hemos dado nada por hecho,
ni nada por perdido.
Pero cuando nos miramos
mutuamente a los ojos,
sabemos lo que sentimos.
Por cierto, se llama Pulga,
y tengo el honor de ser su amigo.

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