miércoles, 31 de agosto de 2011

LA BODA


-¡Ya está bien Andrea!- pensaba -¡Concéntrate, que no eres cualquier invitada en esta boda!

La mujer se repetía esa cantinela una y otra vez en un vano intento de mantener la calma. Minutos antes, en una capilla arrinconada y en desuso, un hombre había poseído su cuerpo como jamás pensó que alguien pudiera hacerlo. Ella, toda arreglada, maquillada y convertida en princesa para que el tipo viniera a tratarla como una perra…y que encima le gustara. Ni por asomo eran los planes previstos para la jornada.

-Queridos hermanos: estamos aquí ante el altar, para unir a este hombre y esta mujer en santo matrimonio…

Comenzó el ritual, donde se supone que se bendice un amor eterno y puro. Pero ella no podía sino pensar en carne, sudor y lascivia. La que había vivido allí, arrinconada entre bancos viejos y unas pocas imágenes católicas polvorientas, desteñidas por los siglos. En la ceremonia se veía a la novia toda de blanco, inmaculada, radiante... Pero de su frente caía una insolente gota de sudor y los ojos ardían. Eran un cúmulo de reflexiones alejadas de cualquier tipo de pureza, que no le permitían concentrarse.

-¡Dios mío! ¡Permíteme pensar en otra cosa!- Pero su cuerpo estaba en la vieja capilla y en lo que allí aconteció. Le aterraba que todos pudieran darse cuenta de que su pecho estaba inflado de lujuria y notasen que la humedad la invadía de nuevo por dentro. Pero la verdad era que nadie advertía sus pulmones exhalando placer, ni las bragas empapadas, así como tampoco veían el rostro de la desposada debajo del velo. A ciencia cierta, era imposible discernir si reflejaba seguridad, temor o pasión contenida.

Como una estrella fugaz que surca el cielo, breves minutos tamizaron a Andrea y el hombre que le proporcionó tal grado de placer. Pero fue como una explosión: Un compendio de gemidos, respiraciones aceleradas, mordiscos y penetraciones violentas que harán repetir aquél acto en sus mentes en el futuro. Ojos cerrados. Uñas clavadas. Piel rugosa contra tez delicada. Humedad. Choque de pieles. Sudor cayendo. Convulsiones. Exhalación. Latidos rápidos e imperceptibles. Miradas cruzadas y aquella frase que lo resumía todo:

-Eres mía. Ya no importa lo que pase hoy. Serás mía siempre que te lo pida...-

Palabras que harían eco eterno de forma imperecedera. Ocurriera lo que ocurriera se entregó a él y volvería a hacerlo mil veces si el destino le brindase la oportunidad. Ambos lo sabían.

“En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Por el poder que me ha sido entregado, los declaro marido y mujer. Los novios pueden besarse…”

Ahí estaba Andrea, detrás del velo. Descubierto ahora por su recién estrenado compañero que la notó encendida, pero lo atribuyó a la felicidad del acontecimiento. La besó con pasión y ternura y ella correspondió al beso. Pero mientras sus labios pactaban amor eterno, de reojo veía sentado en la primera fila al hombre. Su sonrisa tenía un doble motivo: la había poseído horas antes, pero además era un orgulloso suegro. Al fin y al cabo de primera mano conocía la fantástica mujer con la que se estaba casando su hijo.

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