viernes, 25 de febrero de 2011

EL TÉ ÁRABE



Tienen los bereberes la costumbre, como anfitriones magníficos que son, de obsequiar a sus visitantes con una ceremonia misteriosa, estrechamente relacionada con el té. Es una ceremonia que se ha extendido por todo el mundo árabe y dice mucho de su sentido de la hospitalidad y visión de la vida. El té árabe ha de tomarse en tres tandas:

La primera infusión se realiza con hojas de sabor fuerte, sin azúcar, por lo que resulta amarga y vivificante...

A la segunda, con las mismas hojas, se le añade un poco de azúcar. Es un sabor sugerente y acogedor...

El tercer té lleva mucho azúcar, con lo que la infusión es cálida y sensual...

Así que el té ha de tomarse sucesivamente, amargo como la vida, suave como la muerte y dulce como el amor... Sin duda es una tradición que resume la propia existencia y nació de miles de horas de silencio y meditación en las jaimas, frente a los infinitos ocres de la soledad de los desiertos.

Resulta inevitable pensar en los pueblos árabes y la revolución que está sacudiendo las arenas del desierto...Y utilizando un giro lingüístico, a golpe de latido se me ocurre que ojalá la ceremonia del té pueda considerarse una metáfora sobre lo que en la actualidad está sucediendo al sur del mediterráneo, sobre todo en Libia, donde un alucinado ametralla a su pueblo para mantenerse en el poder.

La muerte ha cobrado protagonismo en el norte de África... Pero ocurra lo que ocurra, una nueva conciencia avanza de manera inexorable: La de los ciudadanos que reclaman libertades y derechos, se vistan sus regímenes con los oropeles que se vistan, una comunidad que desde el Atlántico al Golfo desea pluralidad y democracia sin adjetivos. Y ya que los asesinos han empapado de sangre las calles de pueblos y ciudades, porque sólo les vale la violencia para tratar de contrarrestar esta nueva conciencia colectiva, ojalá los sucesos de estos días tomen el ejemplo de la ceremonia del té: Amargo como la vida, suave como la muerte, dulce como el amor.

Tal y como están las cosas, es el único final con cierto sentido para el conflicto y el mejor homenaje que podrían recibir las víctimas: La dulce sensación de que los ciudadanos árabes sean tratados simplemente como seres humanos.


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