lunes, 11 de octubre de 2010

SER O NO SER


El ateísmo, como pensamiento esencialmente crítico, encuentra a veces aliados inesperados en su tarea de desmontar ficciones entronizadas como lo que no son, socios imprevistos en el por naturaleza, indeseable trabajo de desencantar al mundo (a menos al de los creyentes). Resulta irónico que sea precisamente en el catolicismo donde pueden hallarse los argumentos a favor más eficaces, porque aún hoy preconiza cuestiones en las que se puede encontrar, ni más ni menos, la negación del dogma primero: la existencia de un Dios eterno, bondadoso y todopoderoso.
La mera existencia de Satanás aparece como uno de los aspectos más risibles. Como representación del mal absoluto, hay todavía católicos que consideran su existencia como cierta. Literales, cuales fundamentalistas, se atienen a asumir la presencia mundana de ese ángel caído, al que se le hace responsable de repulsivas tentaciones: Ser comunista, usar preservativo, masturbarse, criticar a la Iglesia (y nunca defender a la Inquisición) y aceptar a los homosexuales o las evidencias de la evolución darwiniana.
El asunto entronca directamente con la presencia del mal en el mundo, cuestión sobre la que desde determinados púlpitos se argumenta que no estamos capacitados para juzgar, quizá porque los caminos de la Providencia son inescrutables. Pero siguiendo por esta senda ni siquiera podríamos aceptar la mayor, puesto que si lo que nosotros percibimos como malo es porque no conocemos el Plan Divino, ¿cómo podremos afirmar que éste es el mejor mundo posible, dado que nuestra capacidad para evaluar un bien resultaría también insuficiente? ¿No podría ser que en realidad este fuera el peor de los mundos posibles? Si aceptamos semejante premisa, ¿Qué sentido darle a la supuesta benevolencia y misericordia divinas? El único que nos queda: Ante el mal o Dios no puede impedirlo o no quiere. Es decir: o no es todopoderoso o no es bondadoso, por lo que llamarlo Dios es a todas luces exagerado.
El comportamiento del Diablo, según nos lo presentan los propios cristianos, es fuente de nuevas incongruencias, todas denigratorias para la persistencia del mismísimo Dios. Puesto que se afirma que Dios es el Supremo Creador, nada puede surgir si no brota de su poder. Así, Lucifer, futuro diablo, es creado por Dios como un ser bondadoso, pero luego se convierte en el demonio que perseguirá a la humanidad con tentaciones varias, maldad suma y engaños a cual más sofisticado. Ahora bien, esto demostraría que el mismo Dios, al crear a Lucifer, no sabía en qué iba a convertirse. O, en todo caso, que lo sabía, puesto que su presciencia lo permite, pero a pesar de todo dejó que creciera esa semilla, lo cual pone en entredicho la pretendida bondad divina. En el caso de que Dios dejase al Demonio hacer sus diabluras sólo para probar al hombre su fe, estaríamos ante algo así como la perversidad llevada al límite.
Un nuevo pensamiento aparece, esta vez aplicable también a la humanidad: el libre albedrío. No hará falta detenerse en lo cuestionable que es este concepto, sino que bastará con ahondar en la mitología cristiana para inquirir: ¿no representa un terreno vedado a la cognoscibilidad de Dios el hecho de que el hombre libre pueda actuar sin que Dios sepa lo que va a hacer? ¿No significa eso que la libertad delata un ámbito, el de la voluntad, que no está siquiera en la mente de Dios, con lo cual está fuera del mundo y fuera de Dios? Si la legislación de Dios no incluye a Satanás, esto indica que hay un terreno que al menos lo trasciende. Si lo incluye, Dios no hace otra cosa que permitir la existencia de Satán, algo que al parecer lo ha preocupado de tal manera que llegó a humillarse en La Tierra para redimir a la humanidad de su mal.
¿Por qué, a pesar de estas infantiles incongruencias, los católicos, entre otros, siguen aceptando la existencia del Demonio? Como todo: porque lo suponen útil. El mal en el mundo es una prueba ingente de la imposibilidad (si entendemos como posibilidad la ausencia de contradicción) de un Dios de suma bondad y sumo poder. Pero Satanás, al resultar responsable de este mundo falto de bien, exime al propio Señor de tales imperfecciones. No resulta extraño que por ello, con diáfana bobería, muchos cristianos achaquen a su influencia los errores individuales de cada fiel. La apelación demoníaca permite exculparse poniendo la carga en su ‘terrible influencia’.
Como paradigma de la negación del mundo, como palmaria incongruencia, la figura mítica de Satanás encierra en sí misma todo lo que los cristianos desprecian sin saber que aun más lo aborrecerían al descubrir que, al aceptarlo, están negando a su propio Dios tal y como ellos mismos lo entienden. Cierto es, por tanto, que los desvaríos de la fe pueden llegar a ser inescrutables.


2 comentarios:

Anabelleah dijo...

Hola!!
Opino que los ateos son todo menos ateos, afirmando que no creen en Dios están afirmando que no creen en algo que esta ahí, que si existe.
Así traten de Negarlo, EL siempre estará ahí.

Besos,
Anabelleah

Anónimo dijo...

"Si no es una Hipótesis comprobable no es ciencia, es ciencia ficción. Dios es sólo un mal axioma"

Finis terrae