jueves, 5 de noviembre de 2009

JURAMENTO DE LA CARNE


La historia comenzó con un cálido saludo susurrado al oído de ella cuando entraban. Se rozaron ligeramente y les sacudió un leve estremecimiento mientras los termómetros observaban el transcurrir de la vida desde lo más alto. El hombre no pudo dejar de advertir como una gota de sudor recorría tentadora la bronceada piel de ella, buscando ocultarse más allá del primer botón de la camisa... Y a la mujer esa mirada le supuso hacer volar por los aires todas las barreras...
Como por arte de magia brotó una caricia y sin que hicieran falta palabras, los dos supieron que el momento había llegado. Con la mayor naturalidad se desató la pasión, haciendo realidad un deseo largamente aplazado.
La humedad se apropió del beso que remontó el vuelo para depositar sus alas sobre los labios semiabiertos de la mujer. Luego, casi con ímpetu adolescente, las caricias se hicieron cada vez más osadas. La vestimenta pasó a ser una molestia, de la que se desprendieron casi con desesperación sin importar el lugar donde se encontraban.
Él apretó entonces el botón de la parada de emergencia. El ascensor quedó bloqueado entre el quinto y el sexto piso. El teléfono móvil de ella sonaba reiteradamente, pero a esas alturas ya todo daba igual...
Dos horas después recogieron sus ropas, se vistieron con un reflejo de ironía en la mirada, y con los espejos del ascensor como únicos testigos de aquella ceremonia de juramento de la carne… Y una vez completado el juego, entraron juntos en casa.

3 comentarios:

Martha Lucía dijo...

No me digas que a la misma casa,no me lo esperaba.
Absolutamente deleitada.

Pacogor dijo...

Se trata de que los finales sorprendan, ¿no? Y en cuanto a los protagonistas, puede que hayan encontrado el mejor remedio contra la rutina...

aQuieSToyYo dijo...

¡Cuánto siento vivir en una casa sin ascensor! De todas formas, dos horas me parece mucho. :-O