martes, 1 de septiembre de 2009

ABRAZO GRATIS


La muchacha que repartía abrazos se sentía frustrada. En estos tiempos tan dados a la modernidad, la gente no es muy dada a ser protagonista de cuestiones que le obliguen a sacar a la luz los sentimientos, preferimos resguardarnos del contacto ajeno, como si una muestra de cariño pudiese resquebrajar de pronto la coraza que, con laborioso afán, nos hemos construido para dar alojo a nuestros miedos.
La chica de los abrazos gratuitos se colocó tímida y vacilante en la acera, frente a la resplandeciente fachada de una tienda de ropa de temporada e intentando resguardarse de la implacable luz del sol de verano, que presagiaba un día especialmente caluroso. Se sacó de debajo del brazo el cartel que decía ABRAZO GRATIS, y lo colocó con un vago desasosiego en su pecho.
Alrededor veía pasar una informe masa de transeúntes indiferentes. Nadie parecía fijarse en nadie, ni siquiera en la muchacha que parecía querer abrazar a la nada. De entre los escasos peatones que se detenían a mirar fugazmente a aquella joven de pelo castaño y rizado, ojos grisáceos y labios algo carnosos, había quien la miraba con desconfianza, cuando no con franca sospecha de que aquello no presagiaba nada bueno. Ya se sabe que la consigna es desconfiar y pensar mal. Luego ya se verá...
Pasaron las horas sin que apareciese alguien respondiendo positivamente el ofrecimiento. Se llegó a plantear si aquella iniciativa de ofrecer abrazos a sus congéneres no sería algo absurdo, si en el hecho de haberse presentado voluntaria para participar en la idea no había, en lugar de amor incondicional al género humano, una suerte de autosuficiencia que le hacía creerse importante, cuando en realidad era una más de las insignificantes criaturas que poblaban este mundo.
En tales cavilaciones andaba perdida, cuando la despertó de su amarga ensoñación la mirada anhelante de un muchacho negro. El chico no hablaba, ni tan siquiera parecía ser capaz de mirarla fijamente. Tan sólo esperaba. Esperaba con los fuertes brazos extendidos, la boca un poco abierta de perplejidad o emoción, las piernas ligeramente temblorosas, y la gorra que le cubría una cabeza llena de nostalgias y recuerdos de una tierra que había dejado atrás hacía tiempo.
El abrazo le llegó de forma automática a la sorprendida la muchacha, y como un amasijo de lágrimas e imágenes de una madre enferma y unos hermanos hambrientos, una aldea ruinosa y un riachuelo marchito, por parte del joven negro, que se apartó llorando del cuello cálido y los rizos castaños de ella.
Evidentemente pudo ser el final de la historia. Pero un final es también el principio de algo diferente, y a veces, tan sólo a veces, puede resultar mucho mejor para sus protagonistas, de lo que ya tenían
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3 comentarios:

вєιñα dijo...

Y tantos abrazos vacíos que quedan porn ahí...

Jony dijo...

Sí, pero eso desde tu punto de vista, que eres un buenazo...porque a mí ese señor de color me da mucho que pensar. Sobretodo si después del abrazo tenía algún bulto de más en el cuerpo...y creo que nos entendemos, jajajaja.

Por cierto, empiezo en Binter el miércoles, la crisis y el sueldo mínimo me estaban ahogando.

Pacogor dijo...

Jony: Es que no tienes remedio. No sé como cierta persona del sexo femenino te aguanta, jeje. Y felicidades por lo de Bínter. Me alegro un montón.