martes, 8 de julio de 2008

DESPEDIDA


Llegó a casa agotada. Comenzaba el fin de semana. No habría tenido fuerzas para un día más soportando el estrés de la oficina. La empresa tenía acuerdos importantes que firmar, los días de ejecutiva avanzaban cada vez más rápidos, y el tiempo se le esfumaba sin encontrar un hueco para su privacidad. Los ánimos no le acompañaban en aquellos momentos que todos sabían decisivos. El sobreesfuerzo que aquello le suponía la estaba haciendo polvo.
Arrojó la cartera en el sofá y se sacó los zapatos... El contacto de los pies con la suavidad del parqué le produjo un ligero estremecimiento. Contuvo el aire durante unos segundos y lo exhaló despacio mientras observaba cada detalle del salón. Se quitó también la falda y empezó a caminar, saboreando el frío del piso mientras con el dedo índice acariciaba los bordes de la mesa. Un poco más allá se despojó también de la camisa y el sujetador. Necesitaba una ducha, pero la aplazaba porque por primera vez en mucho tiempo se sentía ubicada en un rincón del mundo. Quería que los relojes parasen y el atardecer se prolongase, para vivir aquél momento en cámara lenta.
Volvió a la realidad y se dio cuenta de que se había parado frente al espejo. Se estudió detenidamente. A él siempre le habían gustado sus imperfecciones. Decía que eran las más bellas que había visto nunca. Se acarició lentamente mientras asomaba una sonrisa: Sabía que los años no pasan en balde, pero el instinto de los hombres es tan simple, que una mujer siempre tendrá recursos para controlarlo.... Aunque para ser sincera, en realidad no estaba siendo justa: Su compañero de tanto tiempo siempre fue considerado y las atenciones que le deparaba tenían el punto justo de ternura y pasión. Había que reconocerlo.
Aquella casa era testigo, y se convirtió en el escenario perfecto para el sexo en cualquier esquina, en cada uno de sus rincones. Allí donde mirase recordaba caricias y efervescencia: También momentos para la ternura, para apreciar cada gesto, reír a carcajadas por no encontrar una posición cómoda para los dos o para darse besos con sabor a uvas después de una copa de vino compartida...
Volvió a suspirar, el calor se hacía sentir, y ya iba siendo hora de una buena ducha. El caso es que no tenía muy claro si la subida de temperatura era ambiental o provenía de su interior, después de las últimas reflexiones.
Traspasó la mampara, abrió el grifo y cuando el agua empezó a resbalarle por la piel cerró los ojos con placer... De inmediato le vino a la mente las escenas de la última vez que se ducharon juntos, revivió los besos en el cuello y en el oído, los roces de las pelvis, las caricias con el pretexto de enjabonarse el uno al otro. Sintió una necesidad desesperada de repetir aquellas escenas, sus manos cobraron vida y pasaron a ser protagonistas, adjudicándose el papel que habían tenido las de él...
Cuando llegó a la habitación se sentía descansada y fresca. Procuró darse un masaje relajante, mientras se untaba con un aceite con olor a jazmines que guardaba para situaciones especiales. Se tumbó en la cama tal cual estaba, satisfecha. En ese estado de duermevela escuchó abrirse la puerta...

- Lo siento- dijo una voz conocida -Espero no molestar, es que vengo a por las últimas cosas y ya te devuelvo definitivamente las llaves-

-No importa- Le contestó. -Pasa. Estoy en el dormitorio-

Su excompañero se quedó parado en la entrada del cuarto. El panorama le tuvo que tomar absolutamente por sorpresa. Daba igual. Era la última noche. Por una vez podrían olvidar las diferencias de los últimos tiempos y quitarse el mal sabor de boca de la maldita separación: La reacción de cierta parte de su anatomía hacía evidente que a él tampoco le parecía inoportuna la idea... Le hizo señas para que se acercase mientras se incorporaba despojada de cualquier duda. Cuando llegó a los pies de la cama tuvo el detalle de preguntar:

-¿Estás segura?
–Absolutamente- contestó. – Lo necesito-

Observó como se despojaba de la ropa. A continuación se tumbó a su lado y dejó quer resbalase una mano lentamente por su espalda, siguiendo la estela de la columna vertebral. Un estremecimiento les acudió a los dos. Se abrazaron con fuerza y llegó volando a sus oídos un susurro:

-Siempre me gustó tu olor a jazmín después del baño-

Permanecieron así un largo rato, escuchando únicamente el latir de sus corazones. Sabía que estaba quemando sus naves: Era la mejor despedida que podían hacerse. Curiosamente, por primera vez en mucho tiempo se sentía segura al pensar en el futuro... Pero en los minutos siguientes ya no tuvo oportunidades para reflexiones de ese tipo: Sólo le importaban las sensaciones del presente.

1 comentario:

вєιñα dijo...

He tenido una experiencia parecida y me ha echo recordar.
Gracias por escribir.