domingo, 3 de febrero de 2008

APARIENCIAS


Ser o no ser, se preguntaba el inmortal personaje de Shakespeare. Confusos tiempos estos para responder esa pregunta. Porque... ¿Qué es lo que al final nos define? ¿Somos quienes pensamos que somos, o lo que piensan los demás? ¿Somos lo que nos esforzamos por aparentar? ¿Lo que tenemos, lo que hacemos o lo que pensamos?
Cuantas preguntas para obtener una definición que sospecho siempre estará incompleta. Quizás porque a lo largo de la vida construimos un puzzle con piezas demasiado complejas para encajarlas del todo. O porque tenemos excesivas caras, que utilizamos según el momento y quienes tengan la suerte o la desgracia de acompañarnos. Antes las cosas eran más sencillas, porque la gente se trataba solamente con los que tenía alrededor, y quitando al cacique, el alcalde, el maestro y el médico del pueblo, los demás estaban en un mismo plano de igualdad en cuanto a ejemplos a tomar se refiere. Pero ahora los medios de comunicación y entretenimiento nos meten en el salón de casa a un montón de extraños que tratan de influirnos con opiniones, sentencias, pensamientos y hasta una determinada forma de entender la vida, que acaba por aturdirnos si no nos preparamos adecuadamente para soportarlo.

“Por sus obras los conoceréis”. Entre tanta confusión, esa debe ser la sentencia a la que aferrarnos para que las apariencias, las mentiras, las declaraciones interesadas, las estupideces y los disfraces no aplasten nuestra propia visión de la existencia y el espíritu crítico que necesariamente hay que tener para distinguir lo verdaderamente importante, entre tanto montón de paja como nos rodea. ¿Recuerdan aquello que se decía hace tiempo sobre que una imagen vale más que mil palabras? Que lejos nos queda ahora... La imagen ha terminado por convertirse en una gran falacia, en el modo más sencillo que han tenido los asesores para convertir esta sociedad en un engaño descomunal, en el que nadie es lo que aparenta ser y todo el que tiene una actividad que le haga conocido más allá de las puertas de su casa, se considera con derecho a apropiarse de nuestra voluntad, a ser ejemplo a seguir y dictarnos lo que deberíamos ser o hacer.

No se trata de ser desconfiados por naturaleza. Sólo de mantener una prudente distancia, porque lo que aparenta ser hoy una cuestión fundamental en la boca de un político, catedrático, director de cine, obispo, o periodista, mañana probablemente ni ellos mismos ya lo recuerden: Necesitan renovar continuamente el saco de sus declaraciones públicas para seguir existiendo en las pantallas, las ondas radiofónicas o el papel impreso. Puede que nunca lleguemos a conocernos del todo a nosotros mismos. Al fin y al cabo, nos vamos modelando a medida que el paso del tiempo y la experiencia hacen su trabajo. Pero al menos deberíamos reconocerlos a ellos y, como mínimo, desconfiar de sus intenciones. Porque si nunca ha estado de más pensar y tener criterios propios, ahora se hace absolutamente necesario. Una buena manera de no permitir que nos prolonguen el Carnaval durante todo el año......

No hay comentarios: