lunes, 14 de enero de 2008

CAZADOR


Cuando me decidí a dar el paso, todas las dudas previas desaparecieron como por ensalmo. Iba a ser mi gran día. Llevaba mucho tiempo esperando ese momento. Miré el reloj: Se me estaba haciendo tarde. Me puse las zapatillas de correr nuevas, por si fuese necesario, y no olvidé la sudadera que consideraba imprescindible para mantener un cierto anonimato. De repente me entraron las prisas. Salí de casa sintiendo que estaba listo para comenzar mi tarea.
Me dirigí con paso rápido al parque que tengo cerca de casa. Sabía que ella estaría en el sitio acostumbrado, puntual como siempre en los fines de semana. Crucé nervioso el paso de peatones. Realmente los recuerdos de aquellos momentos regresan como entre brumas. Menos mal que a aquella hora no pasaban muchos coches; bordeé la panadería, que desprendía un agradable aroma a pan recién hecho, y llegué a mi destino. No tardé demasiado. El barrio se encontraba en fiestas, y a causa de las actividades de la noche anterior y que era domingo, todo se veía desierto. Mejor aún. Llegué a su banco, y allí estaba: Enfrascada en la lectura de un libro. La observé durante unos minutos y me hizo gracia como de vez en cuando se arreglaba con un movimiento distraído el pelo, que la brisa despeinaba sin cesar.
Me acerqué lentamente. Siempre me había gustado, pero ella ni siquiera había reparado en mi existencia. No hizo gesto alguno que denotara reconocerme. De todas formas, tuve la precaución, de colocarme el gorro de la sudadera. Me senté a su lado sin hacer nada, como si estuviera esperando a alguien, o contemplando el paisaje de la mañana. En esos momentos ya me sentía completamente relajado. Al rato se levantó, quizás cansada de la lectura, o con ganas de dar un paseo tranquilo. Escogió el sendero de la izquierda. Que fácil lo ponen los que son animales de costumbres. No giró la cabeza ni una sola vez. Me levanté y tomé otro camino, que acortaba la distancia hasta el punto del encuentro crucial. Procuré no hacer ruido, aunque podía escuchar los latidos de mi propio corazón...
Cuando pasó a mi lado, el cuchillo se clavó en su costado como si no hubiera atravesado cuerpo alguno. No tuve que esforzarme, realmente pensaba que sería más difícil. Por precaución, le tapé la boca con la mano que me quedaba libre. Repetí el movimiento de mi brazo cuatro o cinco veces y finalmente cayó al suelo. La sangre resbalaba como el hielo al derretirse y comenzó a empapar de rojo la tierra. No habló. No le dio tiempo, pero descubrí un gesto de sorpresa en su cara... Contemplé fascinado como se le escapaba la vida y la besé en los labios cuando exhalaba el último suspiro. Ella fue mi primera víctima. Después todo ha sido mucho más fácil...
Es como un juego. Me divierte dejar pistas falsas, ver la frustración de la policía, leer las peregrinas teorías que se publican sobre mi persona, escuchar las conversaciones de la gente y sentir como el temor se apodera de las calles... No pueden entender que la causa es el aburrimiento: Estoy tan por encima de la mediocridad de sus vidas, que me asiste el derecho a divertirme a su costa. El fin y al cabo, dicen que el ser humano siempre ha sido un cazador, ¿no? Pues entonces, que no se quejen: Yo cazo, y ellos son las presas.

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