miércoles, 16 de mayo de 2007

EL GLOBO VIAJERO


Desde que lo inflaron, los demás se dieron cuenta de que era un globo diferente. Formaban un gran racimo, esperando a que un niño sonriente les eligiera para cumplir con su destino: Pasar a sus manos, ser su juguete preferido durante un tiempo, con eso bastaba. Formaban un grupo variopinto, con distintas formas y colores, y se sentían orgullosos de la labor que realizaban, porque no había nada que amase más un globo que ser portador de la alegría infantil.
Pero él era distinto. Tenía otras inquietudes. Decía que seguramente habría todo un mundo por conocer, fuera de los límites del parque y que esperaba su oportunidad para elevarse, dejarse llevar por la brisa y contemplar las maravillas que le estaban esperando. No perdió tiempo cuando el vendedor de globos lo separó para entregarlo a una niña pequeñita, que lo miraba con ojos iluminados por la ilusión... Con un impulso repentino se desprendió de su mano, no sin antes notar su tristeza en los ojos que le veían alejarse. Pero no tuvo tiempo de reflexionar, porque se elevaba rápidamente, hasta que hubo ya un momento en que la gente se convirtió en siluetas borrosas en el suelo.
El viaje fue aún más emocionante de lo que se había imaginado. Pudo ver montañas enormes, coronadas por nieves eternas. Ríos que atravesaban valles frondosos, grandes extensiones de tierra coloreada por flores y cultivos... pero también ciudades donde el humo y la contaminación eran los reyes, países desolados por guerras sin sentido y sequías casi eternas... Lo mejor y lo peor, un contraste que nunca dejó de asombrarle.
Pero lo que realmente hizo que el viaje valiera la pena fue la impresión de ver por vez primera el mar. Algo había oído en sus correrías, pero no estaba preparado para aquella enorme masa de agua que parecía no tener fin. Trató de llegar al horizonte, para comprobar si allí se acababa todo, pero por más que lo intentaba siempre parecía estar igual de lejos. Al regresar, le sobrecogió el espectáculo de las olas rompiendo contra las rocas de la costa.
Se sentía satisfecho, el viaje había valido la pena. Pero nunca pudo olvidar los ojos tristes de aquella niña, que había sufrido por culpa suya. Decidió volver a la ciudad que le había visto nacer y buscarla. No fue fácil, hubo que descender mucho y había un montón de peligros que sortear: Cables de todo tipo, antenas, edificios enormes... Un leve roce y todo podía acabar dramáticamente en un instante. Cuando las fuerzas y la esperanza ya parecían abandonarlo, la vio paseando de la mano de su madre. Decidió seguirlas y así supo donde vivía. Afortunadamente había un árbol en el que una de sus ramas casi rozaba la ventana de la habitación de la pequeña.
Eso fue lo más sencillo de todo: Cuando llegó la noche, enredó el cordón en la rama y ya simplemente tenía que esperar a que llegase la mañana y abriesen los cristales para que penetrase la luz del sol en el cuarto...
Después de todo, cumplía su destino de globo. Estaba contento. Imaginó aquella cara tan bonita sonriendo, y decidió que la vida podía ser muy hermosa
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