martes, 20 de marzo de 2007

UNA MIRADA Y UNA ROSA

Se ha sentado con cuidado al borde del camino. La última vez había sido algo dolorosa y aún notaba molestias. Estaba siendo una jornada agitada, con tanto camionero por los alrededores. Siempre ocurría lo mismo cuando cortaban la carretera por el mal tiempo. En su cara se reflejaba el cansancio, pero no podía permitirse dejar pasar estas oportunidades que la climatología le brindaba. Odiaba profundamente estos momentos de tranquilidad, que le traían reflexiones que se negaba a realizar. Se protegió detrás de las gafas de sol, porque la vida a veces quema los ojos y el alma. Ahora que no enseñaba su cuerpo, se protegió del frío con un abrigo que procuraba tener a mano.
Lo volvió a ver otra vez. Desde hacía tiempo la miraba con aquella intensidad turbadora, sentado tras el ventanal de la cafetería de aquella estación de servicio, en cuyos alrededores trabajaba. Nunca le había hablado, pero volvió de nuevo aquella turbación que no podía permitirse. Estaba segura que era el de las flores, maldito sea. ¿Por qué no la dejaba en paz? Odiaba reconocer que había logrado que alguna noche soñase con aquellos ojos y el mensaje que trataban de transmitirle.
No quería entrar en aquél sitio, no pensaba darle una nueva oportunidad. Pero necesitaba algo caliente para el cuerpo, y tenía urgentemente que ir al baño. O sería que, en el fondo, eso era solamente el pretexto... Se estaba portando como una chiquilla y eso siempre le había traído funestas consecuencias.

-En fin- pensó –vamos a ver qué pasa-

Se acercó a la barra y pidió un café con leche. Mientras le servían se dirigió al servicio notando aquellos ojos fijos en su espalda. Al salir miró a su butaca y una enorme decepción se apoderó de ella. Esta vez no habían puesto ninguna rosa. Tuvo que hacer un gran esfuerzo por parecer indiferente, mientras se insultaba mentalmente por ser tan vulnerable. Se sentó, y cuando iba a coger la taza, una voz de hombre sonó a su lado:

-Esta vez la entrega es en mano- le dijeron.

Se volvió y era él, con la flor en la mano y una enorme sonrisa en su cara. Algo trastornada por la situación, recogió el regalo y entonces sucedió lo único que había prohibido tajantemente a los hombres que constantemente pasaban por su vida: La besó en los labios. Fue algo dulce y profundo a la vez. Al volver a la realidad y comenzar de nuevo a respirar, se quitó lentamente las gafas. Quería mostrarle que ella también tenía ojos de enamorada.


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